Hace solo unos días, las ciudades de Badalona y Madrid se convirtieron en el escenario de algo mucho más grande que un simple evento educativo. Vivimos la séptima y octava edición de Escuelas Ubuntu, unos días intensos donde jóvenes de entre 14 y 18 años nos recordaron el verdadero significado de la empatía, la resiliencia y la interconexión humana.
Si tuviéramos que resumir lo vivido en una sola palabra, sería transformación. Pero no una transformación teórica que se queda en los libros, sino una real, palpable, nacida del corazón de más de cuarenta adolescentes que decidieron dar un paso al frente.
Para quienes aún no conozcan esta filosofía africana, Ubuntu se resume en una premisa hermosa: «Yo soy porque nosotros somos». Bajo este faro, nos encontramos con un objetivo claro: ofrecer a los jóvenes un espacio seguro donde descubrir su potencial de liderazgo, conectar desde nuestras propias historias de vida y, sobre todo, aprender a mirar al otro a los ojos.
A nivel general, el programa de Escuelas Ubuntu combinó dinámicas de cohesión, momentos de introspección personal, análisis de grandes líderes de la humanidad (como Nelson Mandela) y asambleas abiertas. Queríamos que ellos y ellas fueran los verdaderos protagonistas de sus propios procesos de aprendizaje. Hablamos de racismo, de justicia social, de derribar los muros que nos separan y de sus sueños. Pero, por encima de todo, aprendimos a escuchar de forma activa.
Quien diga que la juventud actual es apática o indiferente es porque no estuvo en Badalona ni en Madrid estas semanas. La implicación de los chicos y chicas ha sido, sencillamente, desbordante.
Desde las primeras horas pudimos observar a jóvenes romper sus barreras de timidez iniciales para compartir sus aportaciones con el grupo. Fuimos testigos de cómo compartían sus historias de vida con una valentía y una generosidad que nos encogieron el corazón.
Durante las dinámicas de liderazgo, no se limitaron a escuchar; debatieron con madurez, propusieron soluciones creativas para mejorar sus entornos locales y demostraron un compromiso asombroso con el bienestar de sus compañeros. Cuando uno se emocionaba al compartir un testimonio, de forma natural e instintiva, el resto del grupo lo arropaba. Eso es Ubuntu en estado puro.
El cierre de estas ediciones nos dejó con las emociones a flor de piel. Hubo mucha emoción en la despedida y también muchas risas y promesas de mantener vivos los lazos creados. Ver a chicos y chicas tan jóvenes mirarse con tanto respeto, reconocer el valor de la diversidad y asumir el compromiso de ser «constructores de puentes» en sus comunidades es el mayor regalo que podíamos recibir.
Estas ediciones en Badalona y Madrid nos demuestran que, cuando se les da la oportunidad, la confianza y el espacio adecuado, los jóvenes no solo participan: lideran con el corazón y gracias a estos nuevos líderes Ubuntu, el mundo es un lugar mucho más humano y esperanzador.

